Antropología Teológica: El hombre es Cuerpo

[*] Consciente de la dificultad inherente al discurso teológico, no me queda más remedio que aconsejarles que se guíen por los fragmentos enfatizados (rojo + negrita); quien tenga arrestos…, que se sople el texto íntegro. Avisado queda.

El hombre ES cuerpo

“No es posible dar una definición del cuerpo que el hombre es. Y ello, no sólo porque tampoco es posible contar, al menos por ahora, con una definición solvente de materia, sino (y sobre todo) porque, para poder definir su cuerpo, el hombre tendría que distanciarse de él y, así, abarcarlo y delimitarlo (= definirlo). Siendo (y no teniendo) cuerpo, el ser humano se identifica con él; el definidor no puede entrar en lo definido, salvo que pretenda ser a la vez sujeto y objeto de una misma operación.”

→Ser-en-el-mundo. Nótese que ser-en es más que estar-en: el mundo no es para el hombre un complemento circunstancial de lu­gar, sino un elemento constitutivo; los dos relatos de creación subra­yaban, como vimos, este carácter terreno, mundanal, de «Adán». La inserción del hombre en el cosmos no es violenta, sino natural; su ins­talación en él no es un exilio, como pensaban Platón y Orígenes, sino la incardinación en el propio hogar. Más todavía: la realidad del cuerpo no confina con la propia piel; es, en cierto sentido, coextensi- va al mundo. Este viene a ser como «el cuerpo ensanchado del hombre»; el cuerpo, por su parte, es «el quicio del mundo», «la es­tructura a través de la cual la existencia humana particulariza el universo».

Dicho brevemente: cuerpo y mundo son magnitudes que se coim­plican mutuamente. El anuncio de los cielos y la tierra nuevos es la expresión creyente de esta mutua y constitutiva implicación; si Dios quiere al hombre para siempre, tiene que querer el mundo para siempre, toda vez que, sin él, el ser humano sería sencillamente impensable.

→Ser-en-el-tiempo. En tanto que cuerpo, el hombre está inmer­so en ese tipo de duración continua y sucesiva que llamamos tiem­po. Lo que significa que, en base a su situación de encarnación, el hombre está hecho de tal modo que nunca puede disponer de sí total­mente en un único acto definitivo, realizarse de golpe e irreversible­mente. La condición humana es condición itinerante; el hombre es homo viátor; le cabe aprender, rectificar, convertirse, arrepentirse. Mientras que la libertad del espíritu puro es el riesgo total que se arrostra de una vez por todas, la libertad humana nunca decide irre­vocablemente. Y ello porque, al ser en el tiempo, la realidad del hom­bre consiste en un ir haciéndose progresivamente, más que en un ser hecho o un hacerse instantáneamente; «el cuerpo es la libertad pro­tegida contra su propio riesgo».

De aquí parte el planteamiento de una moral de actitudes, más que de actos; los actos cuentan en la medida en que van fraguando la actitud a lo largo del decurso temporal de la existencia. Mientras ésta no llega a su término, el hombre no ha cobrado aún su semblante de­finitivo, y nada está todavía inexorablemente ganado o perdido. Sólo al final del tiempo que le ha sido dado alcanza el ser humano su pro­pia identidad.

→Ser mortal. La muerte desmundaniza y destemporaliza al hombre, le sustrae del ámbito espaciotemporal que lo constituía. Lo cual quiere decir que la muerte es el fin del hombre entero. Suponer que el sujeto del verbo morir es el cuerpo, no el hombre, equivale a ignorar que, según venimos diciendo, el hombre es cuerpo; la banalización de la muerte como fenómeno epidérmico, amén de chocar con la intuición que todos tenemos de su terribilidad, es una forma de regresión hacia el dualismo antropológico. La muerte ha de ser tomada en serio, porque el hombre es corpóreo, mundano y temporal y porque todas estas dimensiones constitutivas de su ser quedan radicalmente afectadas por ella.

→Ser sexuado. Ya los dos relatos de creación insistían en el hecho de que la entidad hombre se realiza en la polaridad complementaria del varón y la mujer. Esta diferenciación sexual, implicada en la corporeidad, confiere al ser humano una doble tonalidad afectiva, un doble modo de instalación mundana y de relación social correlativamente diferentes: «en la sexualidad del hombre se proyecta su manera de ser respecto al mundo». A decir verdad, la idea de hombre no tiene una correspondencia real-concreta sino a través de su emplazamiento en un sexo o en otro, emplazamiento que es a la vez «biológico, biográfico, social e histórico».

La igualdad y mutua complementariedad de los dos sexos está muy claramente afirmada en los dos relatos de creación, como se ha visto en su momento. Por eso el cristianismo se ha opuesto siempre frontalmente al mito del andrógino, en el que late la tendencia a la unicidad incomunicable como paradigma de lo humano (en vez del paradigma de la comunidad dialógica) y la interpretación del amorcomo amor propio (y no como comunicación de sí). En este sentido cabe retomar la intuición barthiana según la cual «Adán», el ser humano creado por Dios, es su imagen en cuanto varón y mujer, entre quienes vige, como entre las personas trinitarias, la distinción en la unión. El cristianismo puede haber participado de la mentalidad dominante que, en diversos tramos de la historia, subordinaba la mujer al varón. Pero la fe cristiana ha rechazado siempre como herético todo intento de degradar a la mujer por debajo de la auténtica humanidad.

→Expresión comunicativa del yo. Por el cuerpo, el hombre se dice a sí mismo; el cuerpo es, según la conocida sentencia marceliana, la mediación de todo encuentro, el hombre uno manifestándose, el sacramento o el símbolo de la realidad personal. Esta función comunicativa se condensa y quintaesencia en el rostro, donde «rezuma la intimidad secreta en que la persona cercana consiste», en cuya desnudez se refleja siempre una interpelación y una llamada a la responsabilidad. El rostro es «ese lugar en donde, por excelencia, la naturaleza se hace porosa a la persona». Y el rostro de Cristo, «rostro de rostros, clave de todos los rostros», es el espacio de la hierofanía absoluta; por eso «el que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9) y el que ve al otro tiene que verle a El (Mt 25, 35ss.). De suerte que el único modo de ver al otro verdaderamente es viendo en él a Cristo; de no ser así, se está viendo algo, no a alguien; está dejando de captarse la interpelación en que el rostro del otro consiste.

Hasta aquí unas indicaciones muy sumarias de lo que comporta el enunciado «el hombre es cuerpo», que habrán de ser completadas con lo que se dirá más adelante, en este mismo capítulo, sobre el hombre como alma, así como en otros capítulos del libro e incluso en otros tratados teológicos. Pero con lo dicho basta, seguramente, para advertir que el cuerpo no puede ser infravalorado, tenido en menos, visto como éticamente inferior o sospechoso. Tal consideración peyorativa ha sido frecuentísima en cierta literatura espiritual, no sólo antigua, sino incluso contemporánea.

Pero las cosas no mejoran si de la actitud denigratoria pasamos a la resacralización neopagana del cuerpo; tras los tiempos del tabú, los tiempos del tam-tam. En realidad, esa pretendida recuperación del cuerpo es una lectura selectiva de la corporeidad; no se glorifica el cuerpo en cuanto tal, sino los cuerpos bellos, jóvenes y sanos de la beautiful people. Dicha selectividad implica un palmario reduccionismo, publicitado en los mensajes de la cultura dominante, que pretende traducir corporeidad por sexualidad, y ésta por genitalidad. Implica también, por extraño que parezca, un solapado idealismo que trata de obtener la imagen arquetípica del cuerpo no respetando la totalidad de sus aspectos, sino reteniendo unos y desechando otros. No se acepta el cuerpo en sus límites; se le finge atemporal, aséptico, atlético, ilimitadamente joven, inmarcesiblemente bello, invulnerablemente sano.

Estas campañas de rehabilitación del cuerpo delatan la patética indigencia de las antropologías para las que el hombre es sólo cuerpo y, por consiguiente, sólo puede confiar en el aerobic, la cosmética y los progresos de la cirugía plástica. Todo lo cual no puede menos de resultar extraño a la sensibilidad cristiana; según ésta, en efecto, no se ve qué sentido tiene rehabilitar algo que está habilitado de antemano para la resurrección gloriosa. La fe en la resurrección, y no el culto pagano e idealista del cuerpo, es la más alta forma de fidelidad a éste y el más eficaz antídoto contra su depreciación.

No sería justo para el autor de este Blog, no recoger en un excursus la visión diferente y controvertida que concierne al apartado “Ser sexuado”. Les remito, en concreto, a una noticia de Agencias del jueves 21 de agosto de 1986.

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