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Sólo bajó a comprar tabaco | Por Esteve Humet |

Lunes, 22 diciembre, 2008

El último viaje de Joan Baptista Humet

“Los más próximos a Juan, hemos vivido unos días tan intensos y ricos, estas dos últimas semanas, que he creído oportuno —con la aprobación de sus hijos y esposa—,compartir con vosotros, los que accedéis a esta web, nuestra vivencia, igual que intenté hacer, más resumidamente que aquí, en el funeral de Barcelona y en el entierro de Navarrés. Escribir este relato es para mí un nuevo homenaje —el que puedo hacerle yo— que siento merece.

Ya en el verano del 2007, Juan me llamaba a Mallorca ,donde resido, y me comunicaba la noticia del tumor de estómago recién descubierto y de la próxima operación para extirparlo. Ya en ese momento salió el tema de la muerte como posibilidad, y me comentaba que le preocupaba más por su esposa y sus cuatro hijos que por él mismo. Por sus hijos, por diversos motivos: los dos mayores (Juan y Esteban, de 32 y 25 años, de su primer matrimonio), por el estrecho vínculo afectivo que tenía con ellos; y los dos pequeños (Pierángela y Adrià, de 14 y 4, de su esposa actual), además del vínculo afectivo, por su corta edad, que hacía aún más necesaria su presencia. Pero que, en lo que a él concernía, la muerte no le causaba temor porque sentía que había vivido una vida lo suficientemente rica y fecunda como para poder irse ya, satisfecho y feliz, de este mundo.

Se realizó la primera operación, en que le extirparon una porción de estómago, y adelgazó en unos meses alrededor de 30 kilos, con la esperanza de estabilizarse, en ese proceso, en algún punto. Pero el pasado agosto me telefonea de nuevo para decirme que el tumor se había reproducido y que la nueva intervención era inminente. El día de la operación llamé, naturalmente, y su mujer me contaba, acompañada de los hijos mayores y con gran desolación por parte de los tres, que no habían extirpado nada porque habían encontrado el cáncer ya extendido por los intestinos. En el inmediato proceso postoperatorio, él quiso saber exactamente cómo estaba y los médicos no le ocultaron ninguna información, así que tuvo plena conciencia de su estado desde el principio.

Y ahí empezó una lucha encarnizada, no contra la muerte, que tenía ya asumida con una enorme libertad —y me atrevo a decir incluso, elegancia— sino contra el reloj, para alargar al máximo su presencia en medio de los suyos: medicina convencional y medicina alternativa; momentos de euforia y esperanza, y momentos de desánimo y desconcierto, según el cuerpo respondiese con energía renovada o con progresivos dolores. Pero la pérdida continuada de peso era el síntoma más claro de que el proceso era imparable: y él lo sabía. Su mente hacía a veces proyecciones de futuro, pero su cuerpo se encargaba de recordarle la dura realidad. Y ésa ha sido —a mi entender— su gran purificación interior: abandonar sus proyectos —individuales o familiares—, despedirse de todos los placeres que el cuerpo puede proporcionar, al mismo tiempo que afinaba al máximo su capacidad de disfrute (hasta un sorbo de agua le era motivo, en los últimos días, de satisfacción infinita); e ir ampliando la consciencia interior para ir saboreando ya, o atisbando, aquellos horizontes de infinitud que, en lo más profundo de su Ser le estaban ya esperando o, por decirlo de otro modo, aspirando.

Muere nuestra querida hermana Gemma —justo cinco semanas antes de su propio fallecimiento— a causa de un trasplante de riñón fallido, y se precipita un paso que le costaba dar pero que sabía inevitable: comunicar su enfermedad a nuestra madre, a quien se la había ocultado para no preocuparle más de lo que ya estaba por lo del riñón de Gemma. Así que en un mismo día nuestra madre sabe que ha perdido una hija y que su hijo está gravemente enfermo. Él, junto con el alivio de no haber ya de ocultar la situación, le pide que esté muy a su lado durante el resto de su enfermedad: nada le es más fácil y natural a nuestra madre que dar su cariño y su presencia amorosa y amable.

Y, por no alargarme, me remonto ya al domingo anterior al domingo 30 de noviembre, en que falleció. Me llama a Mallorca y consulta mi opinión respecto a pedir a nuestra madre que le acompañase, en su casa, hasta el final. Mi respuesta fue totalmente afirmativa: nuestra madre, en la dificultad y cuando se siente necesaria, se crece y es enormemente fuerte, y, en cambio, en la soledad puede ser pasto de una mente pesimista que la puede llenar de ansiedad y tristeza. En cuanto a él, intuía yo que el contacto con su madre en sus últimos días le sería un bálsamo interior enorme. (Le dijo en uno de los múltiples momentos en que ella le tenía las manos cogidas: “Mamá, cuando me coges así las manos, me siento como un niño”. La ternura que pudimos contemplar en las dos direcciones, esos días, fue inenarrable).

En la misma conversación telefónica me explica cómo ya no le era posible ingerir alimentos, cómo había empezado ya a tomar morfina para aplacar los dolores y cómo ésta le aislaba —por la pérdida de consciencia que comportaba— de las relaciones familiares. “Estoy perdiendo calidad de vida por momentos —me decía— y siento ya la necesidad de pedir permiso a los míos para irme”. Me habla ya en ese momento de su deseo de reunir a los más próximos y hacer esa despedida.

El martes me telefonea Pier, su esposa, y me cuenta que están teniendo una reunión preciosa, muy emotiva, Juan, su madre, los hijos Juan, Esteban y Pierángela; Lola, la primera esposa y madre de los dos mayores y ella misma (al pequeño Adrià prefirieron mantenerlo al margen). En esa reunión hablan de todo, ríen y lloran, y tal como me había anunciado, les pide permiso para irse y para renunciar a luchar más por la supervivencia.

A su madre le dice: “Mamá, tú me trajiste a este mundo. Ahora, pues, te pido permiso para irme, con tu bendición”. Y nuestra madre, con un punto de confusión, porque —tal como nos dijo más tarde— nunca había recibido una petición similar, pero con toda su ternura y amor, le bendijo santiguándole.

En esa conversación, Pier me pide que vaya junto a ellos para acompañarles en esos días difíciles. Yo recibo esa invitación como un privilegio, cancelo todas mis obligaciones y al día siguiente estoy ya en casa de Juan. Llamo también a los cuatro hermanos restantes para ponerles al corriente de la gravedad de la situación.

Si el martes fue el día de la despedida de su familia nuclear, el miércoles lo fue de sus hermanos y cuñados. Íbamos entrando en la habitación sucesivamente, conscientes de que aquél encuentro tenía toda la transcendencia de una despedida. Con cada hermano el encuentro tuvo un tono propio. Conmigo hicimos como un repaso general de nuestra vida en común, nos dimos las gracias mutuamente, repasando situaciones concretas, sin ahorrar las lágrimas en muchos momentos. Ahí le pedí que me permitiese estar a su lado, simplemente en silencio, para acompañarle en esos momentos tan decisivos de su vida. Él accedió como diciéndome que me había hecho llamar precisamente para eso.

Jueves por la mañana vino su hijo Juan a visitarle y le pidió que le leyera las comunicaciones de apoyo que recibía, directamente en su correo o en la web. Y el pobre Juanito, que evitaba leer esas cartas porque le emocionaban demasiado, tuvo que írselas leyendo —a menudo entre sollozos— mientras Juan padre las escuchaba con la cara radiante de satisfacción y agradecimiento. Por la tarde fue su otro hijo adulto —Esteban— quien le visitó. Juan estaba descansando, sedado por la morfina que le mitigaba el dolor. Yo me senté junto a la cama, al otro lado, en silencio —ante la negativa de Esteban a mi propuesta de dejarlos solos— intuyendo la transcendencia del encuentro para mi sobrino, que permaneció, emocionado, largo rato junto a su padre, en uno de sus últimos encuentros. Me gustó poder compartir luego, largamente, con él y Pier todas estas vivencias.

Me sorprendió saber luego por Pier que Juan había redactado y escrito a mano, a última hora de la tarde, lo que deseaba que fuese leído en el homenaje que ya le estaban preparando para el martes 16 de diciembre.

Viernes fue un día que él pasó tranquilo, a menudo sedado, pero también lo suficientemente consciente para constatar que todas las cuestiones materiales quedaban perfectamente ajustadas. Unos y otros entrábamos prácticamente sin hablar, para no cansarle.

Sábado fue un día especial. Sólo pidió calmante a las 6 de la mañana y aguantó sin tomar más hasta las 12 y media de la noche, así que tuvo un día lleno de consciencia. Fue ese día en que se despidió del pequeño Adrià. Le llamó a su lado y le dijo: “Adrià : muy pronto voy a emprender un viaje muy largo”. El niño le dijo ingenuamente: “Yo quiero ir contigo”. A lo que el padre respondió: “No, ahora no puedes venir, pero lo harás más tarde. Me voy al País de Nunca Jamás (el niño es un apasionado de Peter Pan), y cuando veas, en la película, todas aquellas estrellas, una de ellas seré yo”. No sé cómo procesó el niño esta información. Durante esos días notábamos que vivía un cierto nerviosismo, probablemente porque captaba el inusual movimiento de personas, llamadas telefónicas, etc.

Aquí cabría apuntar que una de las tristezas mayores que Juan me había expresado era el haber de dejar un hijo de tan sólo 4 años. Y me dijo uno de esos días que había confiado a sus dos hijos mayores la atención preferente de Adrià, para que le fueran importantes referentes masculinos durante su crecimiento. Hay que decir que los dos hermanos mayores adoran a los dos pequeños, y a la inversa.

Por la tarde, Pier cambió el pijama de Juan y cuando le quitó la parte de arriba quedó al descubierto su extrema delgadez. Él hizo un gesto como de rendición, extendiendo los brazos sobre la cama. A mí me vino espontáneamente la imagen de un Jesús moribundo, abandonado a su destino, y recordé la frase “Ecce Homo” —”He aquí al Hombre”—. Le comenté entonces, en tono humorístico: “Anda, que en el cuerpo te has quedado en la mitad. ¡Suerte que en el espíritu eres el doble!”.

Pero para mí, el rato más significativo vino más tarde, cuando me enteré de que había pedido poder ver el partido en que jugaba el Barça. Cuando constaté que estaba viéndolo, no quise desaprovechar la oportunidad de pasar aquellos momentos en su compañía consciente y le dije: “Mira, Juan, yo no soy demasiado futbolero, pero me gustaría estar con mi hermano”. Y él me hizo el gesto de que me estirase junto a él, en la cama, como solíamos hacer unos y otros durante esos días. Cuando lo hice, me cogió la mano y no la soltó en todo el tiempo. Yo percibía toda la ternura y comunión que me quería expresar con ese gesto y lo compartía agradecido. Al cabo de mucho rato me dijo, sonriendo “Nunca te había cogido la mano tanto tiempo,verdad?” Y yo se la apreté con fuerza y cariño, riéndome del comentario. Los dos sabíamos que todo lo que decíamos y vivíamos en ese momento tenía el valor de una despedida.

Entre gol y gol del Barça (quedaron 3 a 0, y a cada gol, como no podía expresarse con la voz, lo hacía con el puño cerrado y el pulgar hacia arriba, en señal de victoria) aprovechábamos para hablar de cosas más trascendentes. Me decía: “Me voy absolutamente feliz, con la satisfacción de haber vivido una vida muy plena, de haber hecho lo que he deseado hacer, de tener unos hijos preciosos y una mujer y hermanos a los que quiero. Todo está perfecto. Ya sólo quiero que llegue el momento de inaugurar el Baile de Bodas, girando con el Amado”. Recogía aquí la imagen que le había comentado una amiga italiana de que, con la muerte, se encontraría con el Absoluto y le invitaría a iniciar con Él un baile de bodas.

Aquí sentí que era momento de compartir lo más íntimo de mí y le dije que cada vez más sentía que somos, en nuestro ser más profundo, puro Amor, y que no tenemos que hacer demasiados esfuerzos para descubrirlo, porque el Amor tiene fuerza por sí mismo. Por una parte es totalmente respetuoso, y si optamos por vivir desde otros niveles, siempre va a estar en la espera paciente de poderse manifestar, pero por poco que le dejemos, es infinitamente poderoso y nos introduce en su Realidad ilimitada, que es plenitud y puro gozo. Le comenté que, tal como yo lo entiendo, tras la muerte física, el Amor nos invita, efectivamente, a perdernos en Él (la “danza” giratoria de que hablaba la amiga italiana), y que la cuestión está entonces en no quedarnos atrapados en nuestro mundo psíquico, hecho de emociones, deseos, temores, etc., sino en dejarnos “aspirar” por la fuerza suave e imparable del Amor.

El Barça continuaba ganando, pero yo sabía que mi hermano me había escuchado con atención. Por otra parte, el ambiente en que nos movíamos todos esos días, ya nos permitía saborear la presencia de ese Amor de que hablábamos, lo que hacía que mis palabras no fueran pura especulación mental.

Hacía unos días que Pier me había pedido que me encargase de conducir la ceremonia de despedida de Juan, en Barcelona, previendo el desenlace que se avecinaba. Así que empecé a pensar qué podía decir en esa ocasión, e incluso en un cierto momento se lo comenté a ella para que me diese su opinión y me aportase nuevos elementos. Estuvo de acuerdo en todo lo que le dije. Así que en ese momento de estar con Juan, le comenté, medio en serio, medio en broma: “Le he contado a Pier lo que pienso decir en la ceremonia de tu despedida y he pasado la censura sin problemas”. Él me respondió escuetamente: “Me parece bien”, y continuamos viendo el partido. Pero como yo notaba que había sembrado ya el gusano de la curiosidad, le pregunté con un punto de malicia: “¿Quieres saber lo que pienso decir?” El sí fue inmediato.

Le dije, pues:

“Pienso decir que mi hermano era una persona sencilla pero a la vez elegante, honesto, con muy buen corazón, idealista, y muy sensible. Y quiero hacer de la sensibilidad el hilo conductor del discurso, diciendo que tu sensibilidad tan afinada es lo que te ha permitido componer la letras tan ricas de detalles y de imágenes poéticas, junto a las músicas, de tus canciones. Pero creo que es también lo que a veces te ha hecho sufrir más de lo necesario, por interpretar las situaciones de la vida viendo más de lo que los demás solemos ver y añadiendo una complejidad innecesaria. E incluso esa sensibilidad, y por el mismo motivo, ha podido crearte dificultades en tus relaciones interpersonales”. (Aquí yo esperaba una reacción de una cierta objeción o disgusto, por lo que podía considerar una crítica, pero continuó escuchando en silencio sin hacer ningún gesto).

“Y quiero continuar diciendo que también esa sensibilidad está en la base de tu búsqueda espiritual, que comenzó de bien joven. Y aquí pienso explicar la anécdota de cuando, con 20 años, me pediste que te llevase a conocer al monje ermitaño de Montserrat a quien yo visitaba frecuentemente. Recuerda que mientras subíamos las empinadas escaleras que nos llevaban a su cueva, tú me comentabas tu temor de que, para encontrar al Dios que buscabas, él te sugiriera que habías de renunciar a alguno de tus dos grandes amores: la chica con quien salías entonces, o la música. Y el ermitaño, que como vivía realmente el Absoluto tenía la capacidad de hablar de Él en todos los lenguajes, según el interlocutor que tuviese delante, te dijo: ‘Mira, Joan, no se trata de escoger entre Dios o la música, a manera de disyuntiva. Ni tampoco Dios y la música, como dos realidades yuxtapuestas. Sino vivir Dios–música, es decir vivir tan identificado con la música que ella te revele tu propio Fondo divino’. Y creo que, efectivamente, la música ha sido para ti un camino a la interioridad. Recuerda que hace sólo unos días me decías que ahora que todos los placeres corporales ya habían desaparecido de tu vida, aún te quedaba uno, que te aportaba un placer máximo: el encerrarte en tu cuarto y escuchar música clásica”.

“Y quisiera acabar mi aportación explicando cómo todo el proceso de tu enfermedad ha sido un camino de dura purificación interior y renuncia de tus expectativas y deseos, desde ver crecer a tus hijos, hasta cosas tan simples como poder celebrar las próximas navidades en Navarrés o llegar a ver tu 59 aniversario, el 4 de enero, o incluso tu próximo homenaje. A todo has habido de renunciar con interior elegancia. Todos tus pequeños “absolutos” han caído para que puedas ya perderte en la infinitud del auténtico Absoluto”.

“Y quiero acabar diciendo que viviste con dignidad y moriste con gran dignidad, que viviste buscando coherencia y has muerto con gran coherencia. Y que por todo ello te estoy agradecido”.

Acabado todo el discurso le miré, preguntándole: “¿Te parece bien, Juan?”. Y por respuesta llevó mi mano a su boca y la mantuvo unos cuantos segundos en un largo beso. Al final sólo dijo, con voz casi imperceptible: “Te quiero mucho, Esteban”. Eso fue suficiente.

Finalizó el partido y sentí que había llegado el momento de dejarlo descansar, así que le dije : “Juan, te agradezco inmensamente el privilegio que me has hecho al llamarme a compartir estos días en tu casa, contigo”. Este fue el último comentario que pude hacer con él consciente, ya que el día siguiente ya lo pasó sedado.

El domingo vino a pasarlo con nosotros Mercè Riera, una amiga muy estimada que ha fundado un centro de acogida para marginales y un banco de alimentos, en Granollers. Por la tarde, la respiración de Juan se hacía cada vez más corta y dificultosa, así que Mercè comentaba: ‘Creo que el final se acerca’. Los demás, a pesar de verlo mal, no creíamos que fuera tan inminente el fallecimiento. Por la tarde estuve un buen rato a solas con ella, junto a la cama de Juan, y ella empezó a cantar cantos repetitivos, a manera de mantras, a los que me uní, y empezamos a orar en voz alta, invitando a Juan a abandonarse del todo al Amor, a trascender el miedo, y a irse si así lo deseaba, que por nuestra parte estábamos contentos y agradecidos por todo, al tiempo que invocábamos para él todo tipo de bendiciones: amor, fuerza, luz, paz, etc.

Si no fuera por el dramatismo de la situación, diría que fueron unos momentos preciosos, que se sumaban a los ya vividos los días anteriores, en la Presencia que llenaba el ambiente.

Y así fue hasta el final: poco antes de las 10, estábamos Pier, Pierina, nuestra madre, Mercé, Lluís Marrasé (el organizador del homenaje) y yo. Yo salí con Lluís para preparar algo de cena y, al poco, viene Mercé, urgiéndonos a ir a la habitación. Y justo al entrar, asistimos al último suspiro de Juan. Le puse la mano en la cabeza y le invité a irse a la Luz, dándole las gracias por todo. Nos abrazamos unos a otros e hicimos unos minutos de silencio para unirnos a él, ya fuera del cuerpo, en aquellos momentos tan decisivos.

Llamamos a los hijos mayores, que vinieron rápidamente, y Esteban nos enseñó la foto y el texto que había preparado para poner en la web (In Memoriam) exponiéndolo a nuestra opinión. Por respuesta, su hermano Juan se fundió con él en un abrazo inmenso en el que los dos hermanos, con lágrimas y en silencio, se lo dijeron todo y nos dijeron también a los que lo vimos cómo se quieren. Un regalo más a añadir a todo lo ya vivido.

El funeral, en Barcelona, fue un encuentro de mucha gente que, por un motivo u otro habían conocido a Juan y le querían. Fue una emotiva celebración, enmarcada en momentos de música suave e inspiradora, tocada por amigos y antiguos compañeros (tocaron también alguna canción de Juan, como “Terciopelo”). Después de escuchar el pasaje de las Bienaventuranzas, del Evangelio, expliqué bastante de lo que acabo de contar aquí, oramos unos minutos en silencio, con música suave de fondo, rezamos un Padrenuestro y finalmente sonó la música del “Hay que vivir” en un contexto de fuerte emoción que se expresó, al acabar, en un largo aplauso, como cerrando el extenso recital de toda una vida, la de Juan.

Juan había decidido ser enterrado en Navarrés, su pueblo natal, con el que había mantenido una permanente relación, una o dos veces al año, a pesar de haber vivido toda su vida en Terrassa. Ya hace años que Navarrés había querido agradecerle esa fidelidad dedicándole una calle, y mantenía en el pueblo amistades muy queridas y antiguas, la de su gran amigo Paco Martínez, probablemente la más significativa: ha sido él el alma de toda la celebración póstuma en el pueblo.

Juan decía que, más que ser incinerado, le hacía ilusión ser enterrado en un lugar como el pequeño cementerio de Navarrés, donde no te pierdes en el anonimato y la gente puede dejar algunas flores en tu tumba. Y ciertamente no se perdió en el anonimato, porque la preciosa fiesta que le preparó el pueblo será largamente recordada por los que la vivimos.

La Corporación Municipal en pleno recibió el féretro, que colocaron frente al Ayuntamiento, donde pronunciaron unas sentidas palabras de homenaje, y donde sonó, acto seguido, la voz de Juan cantando “Otoño en Navarrés”, la canción que había dedicado a su pueblo. Fue duro escucharle en presencia de su propio cadáver.

Luego llevaron el féretro en andas hasta la Iglesia donde se celebró una misa para orar por él. Al finalizar ésta agradecí, en nombre de toda la familia, el cariño que el pueblo estaba expresando a Juan y a todos nosotros, y compartí alguna de nuestras vivencias finales con Juan. Fue difícil contener la emoción en esos momentos, porque impregnaba todo el ambiente.

A continuación colocaron el féretro en el coche fúnebre —en medio de los aplausos del pueblo— y se inició el cortejo, a pie, hacia el cementerio. La banda del pueblo, fundada precisamente por nuestro abuelo, nos acompañó hasta el final, creando un ambiente impresionante. Fue una manifestación muy popular enmarcada en un ambiente de gran respeto y belleza. Al final del pueblo se despidió el grueso del duelo, pero la banda y mucha gente quiso acompañarnos hasta el mismo cementerio, donde ya quedaron los restos de Juan, tal como él deseaba.

Allí reposan los restos físicos pero él está en nuestros corazones. Él mismo me lo comentaba, a partir de un libro que acababa de leer : “Dice que si silenciamos el interior y nos quedamos en un profundo reposo es cuando mejor podemos conectar con quien se ha ido” (el comentario surgió hablando de nuestra hermana Gemma, recientemente fallecida).

Callamos, Juan querido, y en el Silencio te encontramos…”

© Esteve Humet

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